Por Ezequiel Mario Martínez

Para LA GACETA - Buenos Aires

La nueva edición -definitiva- de sus cuentos completos, Los mundos reales, es una manera de celebrar la obra de este gran narrador argentino. Recientemente galardonado con el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de escritores, cumpliéndose además 50 años de la primera publicación de dos de sus grandes obras -Las otras puertas y El otro judas-, Abelardo Castillo es parte del canon de la narrativa argentina. Sus cuentos -concebidos y construidos meticulosamente como un orfebre- reflejan, continúan y rompen con la mejor tradición cuentística de este país. Las tramas de lo real atravesadas por atmósferas oníricas, lo cotidiano despojado de toda familiaridad. Los pliegues y contornos de una prosa literaria que envuelve, la reflexión filosófica, y el pensamiento lúcido emergen de su obra. Como afirmó Leopoldo Marechal, "el secreto de Abelardo Castillo estaría en esa difícil y abnegada vocación existencial". Porque eso es Castillo, así es su obra: voluntad y afirmación existencial. Universos dentro de mundos.

- Abelardo, ¿por qué los mundos reales?

- Los mundos reales son para mí la descripción de lo que llamamos el mundo real. No existe un mundo real sino un mundo que, si no existiera, tornaría pobre la existencia. El mundo de los sueños, el mundo de la locura o de los deseos inconfesables es un mundo tan real como el universo de esta conversación o la percepción que tenemos de esa mesa, o bien de la televisión que está allí sobre ese escritorio. Por eso los mundos reales: nunca pude hacer -ni quise hacerla- una diferencia entre la literatura fantástica y la literatura realista. Para mí la ficción -por el mero hecho de ser ficción- ya ingresa en el mundo imaginario. Es tan ficcional La Divina Comedia, de Dante Alighieri, como Los asesinos, de Hemingway -que es un cuento supuestamente realista-, como los cuentos realistas de Gorki, como los cuentos fantásticos de Borges. Entre varios de los títulos que yo tenía para darle un título general a mi libro de cuentos estaba Los mundos reales, y es además el que le gustaba a mi mujer, Sylvia (Iparraguirre). Por eso la dedicatoria: mis cuentos son para Sylvia porque ella fue quien les dio el nombre. Pero la explicación filosófica es la que te acabo de dar. Para mí, el mundo de los sueños -los que se sueñan de noche- es muy fuerte. No sé si es más real esta conversación que una pesadilla que he tenido la noche pasada… O como decía un amigo mío: ¿por qué mi portero va a ser más real que un sueño?

- ¿Existen entonces fronteras entre la ficción y la realidad?

- Yo no las encuentro con mucha precisión. La frontera entre la ficción y la realidad no es algo que se pueda determinar a priori. Hay algunos que la tienen mucho más corrida hacia lo que llamamos la fantasía. Por ejemplo, ¿hasta dónde llegaba la realidad en Poe, en Dino Buzzati o en Borges?

- En tus cuentos se percibe la sensación de que recordar e imaginar actúan como sinónimos…

- Lo veo así en general, existencialmente. Yo creo que la memoria es siempre un poco imaginaria. Por ejemplo: lo que nosotros llamamos nuestra biografía, la vida que hemos vivido, es un relato donde lo imaginario y lo fantástico intervienen de una manera que muy pocos pueden apreciar en su verdadera dimensión. En general, nosotros decimos que cuando fuimos chicos nos pasó tal cosa y fuimos de tal manera; eso lo creemos, lo sentimos y sobre eso hemos construido nuestro yo. Sin embargo, eso que decimos que fuimos es un relato que puede ser de una tía, de tu propia madre, y que lo asumís e internalizás como propio. En realidad, vos no lo viviste así. Pero te han asegurado que cuando eras chico hacías tal cosa y vos incorporás a tu recuerdo una historia que es ajena. La memoria tiene un enorme componente imaginario. Sobre la relación entre memoria e imaginación estructuré Crónica de un iniciado. Este es el trabajo sobre una memoria que tal vez sea falsa, hasta que el personaje decreta que esto ya ni importa. Que todo lo que él imagina ya sucedió. No importa si sucedió históricamente, fácticamente, porque lo que él imagina se transforma en un suceso cierto. Ya es real aquello que imagina que sucedió. Pero esto no es sólo en literatura o a la hora de escribir un cuento; yo lo vivo así de manera permanente.

- ¿Cuánto influyó la filosofía -Sartre, el existencialismo, Schopenhauer- en tu obra?

- En rigor, el primer filósofo que yo leí fue Soren Kierkegaard. Todavía quedan rastros de eso en mis cuentos. La primera cita de Las otras puertas es de Kierkegaard. Ya en el posfacio de El otro Judas -obra de teatro que escribí a los 22 años- yo cito el primer libro de Kierkeggard, El concepto de la angustia. Fue el primer filósofo con el que yo me sentí comprometido existencialmente. Y aún hoy lo siento. Existen pasajes de sus diarios que me son tan familiares como si me hubieran sucedido a mí. Luego leo Sartre -que también me influyó mucho-, en paralelo a Schopenhauer. Empecé a leer a estos autores muy tempranamente, comenzando la adolescencia, a los 14 o 15 años. Te imaginarás que en San Pedro no tenía mucho para hacer (risas). Más tarde, con un año de diferencia, leí toda la obra de Nietzsche. Con ganas de leerla, no de hojearla. Otro filósofo que ha influido mucho en mí es Kant. Tengo una reverencia muy grande por el pensamiento de este gran filósofo alemán. Cuando leo a Kant, muchas veces siento que fue uno de los pocos filósofos que verdaderamente pensó. Construyó un sistema de pensamiento que está funcionando permanentemente. Crítica de la razón pura es una de las obras fundamentales de la humanidad, así como el libro de Copérnico sobre el universo, o El Capital, de Marx, o los Diálogos, de Platón tomados en su totalidad. Porque hay filósofos y filósofos. A Platón, a quien actualmente estoy releyendo, no lo leo por sus ideas sino por la cercanía que tenía con la literatura. Hay toda una filosofía -que comienza con el poema sobre el Ser de Parménides- que está muy cercana a la literatura. El último de esa línea fue Sartre, que insertó en su novelística su pensamiento filosófico. A veces son más aclaratorias ciertas reflexiones que hace sobre la existencia o sobre el Ser en sus obras de teatro que en El Ser y la Nada. Ahora, existe otra filosofía -como la de Aristóteles o Hegel- que no está tan cerca de la literatura, es decir, que no pretende estar cerca de una prosa literaria o de la poesía.

- ¿Entonces filosofía y literatura se atraviesan?

- Creo que entre el pensamiento filosófico y la escritura literaria hay una línea muy tenue de división ¿Como leer a Faulkner, a Dostoievski, o a Thomas Mann por fuera de la reflexión filosófica? Hay que abordarlos desde el pensamiento porque fueron pensadores. Ahora, sí hago una distinción entre filósofo y pensador. Un escritor puede ser un pensador; un filósofo es un profesional del pensamiento, no un señor que se recibe de licenciado en filosofía. Un doctor en filosofía es un doctor en filosofía, un profesor en filosofía es un profesor… pero ninguno de ellos, salvo casos excepcionales, es un filósofo. Un filósofo es alguien que piensa. 

- ¿Te sentís parte de una tradición literaria representada por Borges, Arlt y Cortázar?

- Me siento parte de una tradición literaria que va más allá… que empieza en hombres como Sarmiento, que pasa con algunos de los escritores de la generación del 80 del siglo XIX y que en este siglo afinca en hombres como Arlt, Marechal o Borges. Tampoco puedo dejar afuera a Horacio Quiroga, un gran escritor muchas veces menospreciado por la crítica. Me siento dentro de esa tradición, que en definitiva es la tradición de la literatura nacional. Allí metería también a Mujica Láinez, que me parece un novelista fundamental. La casa es una novela excepcional, fundamento de nuestra literatura. Creo que la literatura de un escritor se hace dentro de una tradición, pero rompiendo a su vez con esa tradición. Si lo único que hace es continuarla, su literatura es nula porque ya está escrita. Ahora, si lo único que hace es romper esa tradición sin tenerla en cuenta, lo único que hace es una literatura casual y en general a eso se le llama vanguardia. Como decía un novelista español: "todo cambia, todo cambia… menos la vanguardia" (risas). El verdadero escritor, en mi modesta opinión, es aquel que está inmerso en una tradición y al mismo tiempo en confrontación con ella. En la misma tradición están Borges, Marechal, Arlt, y no existen tres escritores más disímiles. Pero los tres están en el marco de la literatura argentina, dialogando y discutiendo entre sí... o con los demás. 

- ¿Por qué crees, como afirmaste alguna vez, que "una obra es una empresa de reforma de uno mismo"?

- No mi obra, sino el acto de corregir. En realidad eso yo lo tomo de Paul Valéry, poeta que corrigió durante toda su vida El cementerio marino. Trabajó en ese poema desde que empezó a escribir. El decía que la corrección de un texto no es meramente una corrección gramatical o literaria; es una empresa de rectificación de uno mismo. Así lo creo. 

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